domingo, 31 de julio de 2011

Hay dos cosas que mejoran con el tiempo: El vino, y el Amor.

Corría el año de 1957, o más bien volaba. Así dice mi abuelita, que el tiempo vuela, y yo digo que si es así.  Simúltaneamente Sixta le daba la bendición a su hija Teresa, y mientras esta se alejaba encendía su cigarro Camel, el humo le nublaba la vista, dio la vuelta y entro a la casita que a duras penas se mantenía en pie. Caminaba entonces la muchacha que veía su décimo quinto otoño por esas calles que hoy le huyen al pasado para dar paso al futuro, que marcha con ese gigante que es el tiempo, hacia su trabajo temporal en la panadería de Doña Genoveva.
-¡Hola bebé!- Decían todas las empleadas cuando llegaba Tere, de cariño, porque era la más pequeña de todas, y se ponía entonces a acomodar canastas, a despachar a las señoras, cuando por aquí de las primeras diez horas del día llegaba Manuel.
Muchachito de veinte años, menudito él, las empleadas también lo saludaban a él con mucho entusiasmo. Se acomedía a ayudar a todas, y todas le querían. Pero Manuel llegaba siempre con una fruta, una florecita que se hubiera robado, algo para Tere, algo, menos una declaración de amor. Y todas, con la ternura que ameritaba su amor mudo lo miraban enamorado, menos Tere.
Y un día entre harina y hornos descansaba nuestra quince añera en la vitrina cuando vio afuera de la tienda de Josefina Patiño, a un joven de brazos cruzados, con la mirada tan clavada en ella que esas cuencas casi se quedan sin ojos. Estaba él, como los muchachos de esos ayeres aquí en México, con su ropa humilde, pero elegante, sus cabellos negros rizados, moreno y la miraba a ella, y ella sonreía. Lo vio pasar frente al aparador pero no entrar a la panadería.
El aroma de los bolillos recién salidos del horno llegó hasta Emilio, que no tuvo valor de entrar a ver a esa jovencita con expresión tan dulce como el glaseado de las conchas y los colorados, pero ya en su cabeza maquilaba el plan de como pasaría un rato a solas con ella.
Sabido era que Rosita noviaba en aquel tiempo con Raúl Patiño, primo de Emilio. Sabido también que Rosita era de la misma colonia que Tere.
- ¡Apúrate bebé! ¡Rául nos va a dar raí hoy! -gritó Rosita.
Y ahí venia Tere apurada, al salir decía Raúl que no cabían todos en la camioneta, que ahí donde cargaban la mercancía de su mamá podían subirse ella y Emilio y agarrarse bien los dos, para no caerse. Ésta era una manera técnica de describir como iba a empezar su amor: Agarrándose fuerte, uno al otro, más que para no caerse...para no soltarse.
Y así se fueron, esa primera cita que había sido plan con maña fue el comienzo de una de esas historias que dura poco, pero dice mucho.

Pasaron muchos soles y lunas. Era un día de esos que despiertas y sabes que el destino quiere juguetear un rato, y es con tu vida. Se le había hecho costumbre después de ese día a Emilio esperar paciente a que saliera Tere de la panadería, pero éste día, no recordemos porqué, no fue así. Caminaba entonces Tere, como solo una enamorada podrá adivinar: con la mente lejos, muy lejos del cuerpo -con la mente allá, con Emilio- entonces la alcanzó Rodrigo, natural todo ésto, ya que Rodrigo pasaba por esa calle que antaño era La calzada, para llegar a casa con su sabida amante Isabel Cobos, tía de Tere.
Tremendos los celos de las amantes, que piensan que cualquier mujer hace lo que ellas. Al ver pasar por su casa a Tere con Rodrigo retalló más de dos veces el jabón de Pan contra el lavadero de barro hasta que lo redujo a pura espuma, y fue a decirle a Sixta algo así como qué putas, pinches y chingadas. Sixta era esa señora que te ponen de ejemplo ante la palabra ignorancia, Isabel lo era más. Les hicieron falta mentadas de madre para acabar de hablar, así que cada una se fue por su lado, a enchilar alguna salsa con su rabia.
Aún no terminaba de llegar cuando escuchó su nombre completo: ¡¡¡Teresa Cobos Bautista!!! "A correr, pa' luego es tarde" pensó mientras daba media vuelta, pero la mano de Sixta se asió fuerte a los cabellos de nuestra desdichada. Un cuero viejo le marcó la piel, ¡Vaya marcas!. Caprichosas manchas rojas contrastaban con su piel blanca, y se le salía el coraje por los ojos en forma de agua. Hecha un ovillo no sabia si llorar, o maldecir, o sobarse o salir corriendo. Se repetía la conversación inocente entre ella y Rodrigo, en su mente buscaba una mirada imprudente de alguno de los dos que pudiera haber visto Isabel, pero nada encontraba, y sollozaba quedito, hasta quedarse dormida.
- ¿Trabajo? ¡Trabajo de andar de puta, eso es lo que tienes! -cálido despertar le ofreció su mamá la mañana siguiente- ¡Te me levantas escuincla, le das de desayunar a tus hermanos, y te me vas a darle las llaves a Genoveva...Y a decirle que no vuelves más!
Ni se lavó las lágrimas secas de la cara Tere, obedeció resignada, y mientras iba cerrando el zaguán vio en la calle de enfrente a Emilio. ¡Alivio de su corazón, pánico para su mente!. Le alejó de ahí, y ya a una distancia prudente le abrazó, le besó y lloro, y le contaba todo, y lloraba más fuerte. Emilio la escuchó sin decir palabra, solo la abrazaba, y le dijo: Yo a ti te quiero Tere, y te quiero bien, tu no tienes que estar aguantando a tu mamá ni a su marido, ¡Que ni tu padre es!, tus hermanitos pues, ya están mas o menos grandes, ya no han de necesitar de ti, y aunque ya mas o menos te estarás figurando lo que ando pensando, te lo quiero decir mas calmados. Te invito un cafécito, enfrente de la plaza cívica, ¿Quieres o qué?.
Tere nada más asintió y sonrió, Emilio paró un taxi, le dijo no se qué en voz bajita y se subieron al coche. Se enfilaban sentido opuesto a la calle principal y entonces nuestra enamorada agarró sus palabras que se le habían caído de tanto espanto y dijo -¡Óyeme Emilio, esto no va bien! No vamos para el café Emilio, yo estaré burra pero conozco mi ciudad, y ¡No vamos para el café!- el taxista se reía discretamente -Mijita, yo le mentí mi reina, mire que ya quiero que sea mi mujer, vamos al rancho de mi tío Luis y pos' allá esperamos que tenga usted la mayoría de edad y nos casamos ire! ¿O qué no le parece? ¿O qué, quiere seguir con la -una mirada aseveró a Emilio- ...con su mamá, digo? ¿O peor aún, que no me quiere?.
Pasaban por la mente de Tere un remolino de pensamientos, pero al fin cedió, y allá, frente a las ruinas del Tajín estaba el rancho de Don Luis Patiño. Su esposa Concepción recibió muy bonito a Tere, pero le dijo a solas: Niña, estoy contenta de que Emilio se haya buscado ya un asiento a su cabeza, y que al hacerlo te haya elegido a ti de señora, pero óyeme bien, nos vamos a esperar un ratito, a que tu mamá venga, porque va a venir, ya verás. Entonces, cuando eso sea, tu decidirás si ésto quieres para ti, en lo mientras, todavía no dormirás con Emilio, allá en los cuartos, el segundo metate es donde dormiremos tu y yo, y ya después veremos.
Y cual profeta, cinco días después fue Emilio a buscar leña para terminar de hacer tortillas, apenas venia bajándose del burro cuando el gendarme ya lo estaba esposando.
Allá en el Municipio estaba Doña Concha, sus dos hijos, Doña Sixta, su marido y los dueños de nuestra historia: Emilio y Teresa. Ésta no sabia que poner de escudo en medio de las miradas asesinas de su mamá y ella, Emilio y su familia retaban a ese señor obrero de Pemex, que temiendo que lo involucraran de más, abandonó el lugar, quedando Doña Sixta sola.
-¿Ya es tu mujer?- se apresuró a decir.
-¿Cómo?- tragaba saliva Emilio
-¿Qué si ya durmieron juntos? -el tono furioso empeoraba el ambiente
-No señora, todavía no se han acostado -contestó por el Doña Concha, así sin pudor se manejaban antes las cosas.
-¡Arreglemos ésto de una buena vez!- gritó el gendarme -Usted denunció una desaparecida, y no hay tal. La muchacha es muchacha todavía, así que no le debe nada el chamaco jumento, ¡Que ni para huir es bueno!, ¡Y usted señorita, decida con quien se va y cada quien para su casa!

Ya sabrán a quien escogió mi abuela, o no estaría yo escribiendo ésto. Dice que cuando llegaron al rancho, mi tía-bisabuela les puso un catre -con colchoneta y toda la cosa- y los dejó solos por lo que restó del día. Cincuenta y cuatro años después aquí están los ancianitos, su cuarto huele a medicinas, y caminan lentito. Mi abuelita tiene diabetes, y mi abuelo padece una excesiva retención de líquidos, entonces él ya no se acuerda bien. Ayer mientras mi abuela regaba las plantas, le decía él
-¿Tere, te quieres casar conmigo? ¡Anda, ¿Si?! ¿Cuántos hijos tienes?
Mi abuela ríe -Ocho- le dice.
-¡Yo los mantengo!, Soy jubilado de Pemex, me alcanza para cuidártelos, pero cásate conmigo Tere ¿Sí?.

A veces dice uno que no cree en el amor, cuando del amor venimos todos.

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