Hay mucho ruido, sé que estoy en un lugar caluroso, pero no sé en donde estoy.
Hay un gran salón en forma rectángular con escaleras metálicas; a cada pared del lado largo del rectángulo hay dos grandes puertas, cada una a pesar de que tiene vidrio me imposibilita de ver hacia el exterior.
Salgo por la primera puerta, un carnaval romano. Máscaras, sonrisas soberbias, corsettes, festejo.
La siguiente puerta me lleva a otro carnaval, personas fornicando, alcohol regado, golpes, fuego. Regreso adentro, hay muchas escaleras metálicas, encuentro a mi primo.
Veo oro, en monedas, en bloques, en tubos huecos, junto el más que puedo, mi primo me ayuda, le digo que debo encontrar la manera de llevarme el oro a la vida real.
Llegamos a través de las escaleras a un banco. Hay un niño con un señor frente a una ventanilla, el señor luce desesperado, entrega todo el oro y lee un libro, el niño está pálido, demacrado, tendrá apenas 10 años y escucho decir que tiene una enfermedad de transmisión sexual. El hombre pide llevarse todo ese dinero a la vida, despertar de ese sueño con la posibilidad de curar a su hijo, se lo entregan y se marcha.
Es mi turno, veo una mano, un libro, me piden que lo lea y asi me llevaré el dinero.
"Despierta dormilón [...] De todos modos se va a cobrar [...] La muerte vendrá" Más o menos eso dice el libro, disculpen, la memoria no es buena, la hoja es gris, el libro es pequeño, las letras son cafés, doy vuelta a la hoja:
"El hombre estaba desesperado, el niño iba a morir de todas esas enfermedades terribles [...] Dió todo el oro, lo llevo a la vida [...] Al final, como la muerte que nunca deja nada pendiente [...] Castraron al niño"
Me dá pánico, mi primo dice "Wey lee el conjuro ¡YA!" No quiero, no sé, me desespero.
El timbre de mi teléfono me despierta, una llamada perdida, y nunca sabré que tan real fué mi sueño.
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