lunes, 18 de abril de 2011

Eso de cenar antes de dormir...

Hay mucho ruido, sé que estoy en un lugar caluroso, pero no sé en donde estoy.
Hay un gran salón en forma rectángular con escaleras metálicas; a cada pared del lado largo del rectángulo hay dos grandes puertas, cada una a pesar de que tiene vidrio me imposibilita de ver hacia el exterior.
Salgo por la primera puerta, un carnaval romano. Máscaras, sonrisas soberbias, corsettes, festejo.
La siguiente puerta me lleva a otro carnaval, personas fornicando, alcohol regado, golpes, fuego. Regreso adentro, hay muchas escaleras metálicas, encuentro a  mi primo.
Veo oro, en monedas, en bloques, en tubos huecos, junto el más que puedo, mi primo me ayuda, le digo que debo encontrar la manera de llevarme el oro a la vida real.
Llegamos a través de las escaleras a un banco. Hay un niño con un señor frente a una ventanilla, el señor luce desesperado, entrega todo el oro y lee un libro, el niño está pálido, demacrado, tendrá apenas 10 años y escucho decir que tiene una enfermedad de transmisión sexual. El hombre pide llevarse todo ese dinero a la vida, despertar de ese sueño con la posibilidad de curar a su hijo, se lo entregan y se marcha.
Es mi turno, veo una mano, un libro, me piden que lo lea y asi me llevaré el dinero.
"Despierta dormilón [...] De todos modos se va a cobrar [...] La muerte vendrá" Más o menos eso dice el libro, disculpen, la memoria no es buena, la hoja es gris, el libro es pequeño, las letras son cafés, doy vuelta a la hoja:
"El hombre estaba desesperado, el niño iba a morir de todas esas enfermedades terribles [...] Dió todo el oro, lo llevo a la vida [...] Al final, como la muerte que nunca deja nada pendiente [...] Castraron al niño"
Me dá pánico, mi primo dice "Wey lee el conjuro ¡YA!" No quiero, no sé, me desespero.
El timbre de mi teléfono me despierta, una llamada perdida, y nunca sabré que tan real fué mi sueño.

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