sábado, 21 de abril de 2012

Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad en la tierra...¿O sí?.

Hoy desperté con una sola e increíble convicción: Últimamente ya nada es igual.
Últimamente los niños ya no parecen niños, o yo soy mas niña que ellos en muchas ocasiones, o no sé. Últimamente tiendo a repetir mucho las palabras con las que empiezo a escribir y ésto es porque últimamente me obsesiono terriblemente con una idea hasta que la veo encharcada en fracaso o erigida en triunfo, pero que le vamos a hacer...últimamente todo parece igual, todo se tornó tan hermoso que logró una compactación perfecta de emociones en mí en la que es tanta la felicidad que es también tanta la melancolía de no tener con quien compartirla. Últimamente no me he enamorado más que de la naturaleza y ya no hay ni ápice de ilusiones concupiscientes, pero irremediablemente me despierto con una sonrisa desaforante que no desconcierta a nadie más que a mi misma. Últimamene ya no sé que día es, ni me interesa porque todos los días son iguales. Pero no estoy diciendo que es deprimente, al contrario, es una tristeza deliciosa que me ha permitido ver las cosas desde una perspectiva increíble que me ofrece sentir sin pensar, y hasta creo que lo mejor es que ya me perdí miedo incluso a mí, cuándo empiezas a estar tan al borde lo único que queda es disfrutar incluso el minúsculo toque del viento que te pueda estremecer antes de morir, y lo digo metafóricamente porque en verdad lamento que últimamente ya ni escriba tan bien como antes, y que Oscar Wilde no se haya casado con algún pariente para heredarme su bella forma de decir las cosas, y también lamento que mi cabello no se vea tan bonito como en mis fotos de perfil. Les quiero informar, por si nunca se los había dicho, que ustedes, lectores, son la manera en que yo le grito al mundo y desde hace mucho les quería contar del día en que conocí a una prostituta que alegremente me contó que llevaba el mismo vestido desde hacía cuatro días y que tenía el cabello terrible, que se lo había teñido de rojo hacía un mes y su novio le había retirado la propuesta de casarse con ella quince días atrás; cuando le pregunté por qué, me dijo con una sonrisa y algún dejo de tristeza que me estremeció en una cara tan hermosa como la de esa mujer: "No le gustó el rojo...". A los diez minutos estaba bailando sobre las mesas con dos hombres semidesnudos pero conocerla fué una experiencia estrepitosa que todavía no supero.
Nisiquiera eso es igual últimamente: las putas. Ahora se disfrazan de niñas decentes cuando la decencia es un mito tan viejo como el coche que me iban a comprar mis papás a los dieciocho.
Ni la música, ni mis nudos en la garganta que aparecen siempre cuando ya los estoy deshaciendo con las humarolas de mi cigarro, ni las matemáticas reacias a que yo las entienda, ni nada es igual.
Ese es otro de mis problemas: las contradicciones. A veces el mundo me sabe gris y al siguiente momento es todo rojo y mi verdadero problema es que no sé matizar. Últimamente me concentro mucho en mis defectos y lo peor es que en mi paranoia todos ustedes ya se dieron cuenta y ya se concentraron mucho en ellos también.

Pero asi soy yo. Al menos siempre hay alguien dispuesto a leerme, a escucharme, y conozco a dos o tres personas que tengo la certeza de que me aman, o que nunca me van a olvidar, que al fin y al cabo es casi lo mismo.

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